Acabamos de hacer una “visita salvaje” al Parque de la Naturaleza de Cabárceno, en Cantabria, levantado sobre las cicatrices de antiguas minas de hierro explotadas desde tiempos de los romanos.
Durante siglos, la minería transformó aquellas montañas. Después, el gobierno regional, en lugar de abandonar el territorio degradado, decidió recuperarlo. Hoy, entre rocas rojizas, lagos y desfiladeros, viven animales de los cinco continentes en semilibertad. Es un parque que atrae a miles de visitantes y demuestra que naturaleza, turismo y desarrollo económico no son enemigos. Se puede recorrer a pie, en carro, bicicleta y en teleférico.
Precisamente allí arriba, levitando sobre ese paisaje, mi cabeza se fue a miles de kilómetros. Pensé en Venezuela, en Aragua y en el Embalse de Zuata.
Sígueme…
Durante la maravillosa descentralización venezolana, la Gobernación de Aragua —bajo la gestión de Carlos Tablante— impulsó un proyecto ambicioso: convertir el entorno del embalse de Zuata en un gran polo turístico, recreativo, educativo y ambiental.
No era un simple parque de atracciones. Concebido junto al sector privado —con grupos como Cisneros y Vollmer—, la propuesta combinaba entretenimiento e historia: piscinas con olas, contacto con animales e incluso estudios de cine para telenovelas y series. No era paja… era realidad. El proyecto avanzó tanto que atrajo a inversionistas de Corea del Sur, quienes viajaron a Aragua para estudiar el terreno.
Turismo con memoria y acceso
La meta era integrar el Ingenio de Bolívar en San Mateo, escenario de la inmolación de Antonio Ricaurte, aprovechando el patrimonio histórico de la Independencia. Se proyectaba una avenida entre Cagua y San Mateo con un distribuidor frente al parque para facilitar el acceso.
Desarrollo sostenible
En las zonas ribereñas había criadores de cerdos. En lugar de expulsarlos, la propuesta buscaba ayudarlos a transformar sus actividades hacia el turismo, la gastronomía y los servicios, protegiendo el embalse. Al principio hubo dudas, pero al entender el alcance, las comunidades se entusiasmaron.
El proyecto incluía formación en hostelería, recreación y educación ambiental. Ese era el espíritu de una gestión que entendía la descentralización no como trasladar competencias desde Caracas, sino como dar a las regiones la capacidad de construir su propio futuro.
Los inversionistas surcoreanos recorrieron la zona en los helicópteros Super Puma de la Base Aérea Libertador. Luego, el presidente Carlos Andrés Pérez encabezó una sesión del Consejo de Ministros en Rancho Grande (Parque Nacional Henri Pittier), donde Carlos Tablante presentó el proyecto, recibiendo la aprobación oficial. Se avanzó en la reserva de tierras y maquetas, destacando el trabajo del arquitecto José Casas. La maquinaria ya se movía.
Y llegó la pava Ciriaca…
Llegaron las tentativas de golpe de Estado del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Luego vino la crisis financiera y la intervención bancaria, incluyendo al Banco Latino, que financiaría la obra con la banca internacional. La inestabilidad y la crisis paralizaron el plan.
Pensando en grande…
Zuata se conectaba con un desafío gigantesco: la recuperación de la cuenca del lago de Valencia. Se buscaba evitar que estos espacios fueran receptores de aguas servidas, canalizando y tratando los efluentes con respaldo del BID y firmas japonesas. Zuata sería el escaparate de una transformación mayor. Queríamos -habla Tablante- un polo de desarrollo ambiental e histórico en el corazón de Venezuela.
Después vino el caos y un culebrón sociopolítico que parecía no tener fin. Pero recordar proyectos como Zuata no debe alimentar la nostalgia, sino recordarnos que Venezuela fue capaz de pensar en grande. Hubo un tiempo en el que gobernaciones, comunidades, empresarios e inversionistas internacionales se sentaban a la misma mesa. Si ocurrió una vez, puede volver a pasar.
A las nuevas generaciones les tocará recoger ruinas, pero también tendrán la oportunidad de recuperar buenas ideas y construir mejores. Quizá alguien vuelva a mirar hacia Zuata y vea no el proyecto que se perdió, sino el que estaba esperando.
Cabárceno me hizo pensar en eso: una antigua mina puede convertirse en parque. Una cicatriz puede transformarse en paisaje. Y un país también puede volver a empezar. La suerte es estar vivos para verlo y contarlo.
Nos vemos por ahí.
