Hay despedidas que no son finales, sino transformaciones. La partida de Vladimiro Mujica deja un vacío profundo en la vida intelectual y moral de Venezuela, pero también nos obliga a volver sobre su palabra, a revisitar su pensamiento y a reconocer en él una voz que, incluso en medio de la tormenta, nunca dejó de apostar por la razón, la dignidad y el país posible.
Mujica no fue únicamente un científico brillante – doctor en química cuántica, profesor universitario y referente de la investigación internacional – sino también un ciudadano comprometido, un hombre que entendió que el conocimiento no puede permanecer aislado del destino de su sociedad. En él convivían la precisión de la ciencia y la pasión de la conciencia cívica.
Ese doble compromiso queda plasmado con claridad en sus palabras de presentación de nuestro libro “Venezuela Herida”, publicado por El Nacional en 2003. Allí, Vladimiro Mujica escribe desde un país convulsionado, describiendo una realidad donde lo público y lo privado se funden en una misma herida. Para él, Venezuela había dejado de ser un espacio donde la vida individual podía resguardarse: la crisis lo atravesaba todo, como una guerra sin tregua.
Su texto no es solamente un prólogo. Es un testimonio. Un llamado.
Vladimiro Mujica advertía que la sociedad venezolana estaba obligada a pensarse a sí misma “con urgencia y serenidad”, a encontrar caminos de salida en medio del laberinto de desencuentros. Y esa idea – tan sencilla y tan poderosa – resume buena parte de su legado: la necesidad de reflexionar incluso cuando todo empuja a reaccionar; de entender antes que dividir; de construir antes que destruir.
Con una claridad poco común, también señaló las raíces profundas de la crisis: la ausencia de un proyecto de país, la exclusión social, la corrupción, y la fractura entre la política y la ciudadanía. No escribió desde la comodidad de la distancia, sino desde la angustia de quien reconoce su propia historia dentro del proceso que describe. Esa honestidad es quizá una de sus mayores virtudes.
Y en medio de uno de los momentos más oscuros, dejó una intuición que hoy resuena con más fuerza. Al final de la presentación del libro Venezuela Herida, en una idea que coincidimos totalmente, escribió: “Un gran acuerdo nacional sobre la transición que se avecina que traiga reconciliación y solidaridad en la reconstrucción, parece ser la única vía para salir de este bache histórico”. Era el año 2003.
Hoy, al despedirlo, no basta con recordar su trayectoria académica ni su compromiso político. Hay que volver a su palabra, a esa escritura firme y reflexiva que se negaba a ceder ante el simplismo o la desesperanza. No escribía desde el cinismo, sino desde el compromiso.
Su ausencia duele, pero su pensamiento y su compromiso con Venezuela permanece. Al recibir con sorpresa y dolor la noticia de su partida, todos los que lo conocimos, coincidimos en que se nos fue un gran ser humano. Envío mis mas sinceras condolencias a su familia y seres queridos, y en especial a su hermano, mi amigo, Felipe Mujica.
Porque hay hombres que se van, y hay otros – como Vladimiro – que permanecen en la conciencia de un país que aún busca encontrarse.
