La muerte de Willie Colón no es solo la partida de un músico excepcional. Es, también, la despedida de una voz que supo narrar, con trombón y coraje, la historia viva de nuestros barrios.
César Miguel Rondón, cronista indispensable de la salsa y de la identidad latinoamericana, lo expresó con claridad al recordar que la música de Colón seguirá existiendo mientras el barrio siga vivo. Y el barrio, como todos sabemos, no es un lugar físico solamente: es memoria, es resistencia, es dignidad.
Colón entendió antes que muchos que la salsa no era únicamente ritmo ni entretenimiento. Era testimonio. Era la forma en que los invisibles podían ser escuchados. Desde las calles de Nueva York hasta cada rincón de América Latina, su música recogió la frustración, la esperanza, la lucha y la humanidad de millones.
Quienes crecimos escuchando sus canciones sabemos que en ellas había algo más que notas: había verdad. Había una manera de nombrar lo que otros preferían callar. Por eso su legado no pertenece únicamente al mundo de la música, sino también al de la conciencia colectiva.
Hoy, al recordarlo, no celebramos solo al artista, sino al hombre que ayudó a convertir la experiencia del pueblo en patrimonio cultural. Willie Colón no se ha ido del todo. Vive en cada esquina donde la música sigue siendo una forma de sobrevivir, de resistir y de no olvidar.
