Por Julio Castillo Sagarzazu
En la novela de Gallegos, quien verdaderamente representa a Venezuela, no es Doña Barbara, es Marisela. Es ella, quien verdaderamente es la bisagra entra la barbarie y la civilización. Al contrario de su madre, que destruye seres humanos, ella trata de reconstruirlos; de ser una joven de pocas luces, evoluciona hacia una persona educada. Era una bella mujer y no lo sabe hasta que no se ve reflejada en el agua; en cierto sentido, salva a Santos Luzardo de caer en la vorágine irracional del llano de aquella época.
De alguna forma, lo que Gallegos quiere sugerirnos es que en medio de las peores tribulaciones y, en medio del horror, siempre puede haber una luz al final del túnel; una esperanza que prenda en los corazones que Doña Barbara no es definitiva, que se puede superar.
La tragedia de este 24 de junio, nos hizo aparecer esta Marisela que vive dentro de las peores circunstancias en el país. Ayudar a nuestros hermanos más golpeados; despertar esa Venezuela bonita, que la gran mayoría llevamos por dentro, ha sido una de las lecciones que volvemos a aprender, en medio de todas las tragedias que hemos tenido que vivir, este último cuarto de siglo.
Esa Marisela, que Gallegos quiso plasmar, la volvimos a descubrir en el rostro y la fuerza de cada compatriota que se ha puesto a ayudar en estos días. Si usted amigo lector, quiere reconciliarse con el país, pase unos minutos por un centro de acopio; por un lugar donde amas de casa hacen arepas para los rescatistas. Escuche, como escuchamos, a la dueña de un restaurante, preguntar: “¿Cuántos voluntarios hay aquí, para mandarles 100 Shawarmas?”; escuche a un delivery con una lista de medicinas que habían sido compradas, desde el exterior, en Farmatodo, para ser llevados a los heridos. Parese en la autopista y vea en dirección a La Guaira; Tucacas, Puerto Cabello y vea a millares de compatriotas llevando ayuda y a miles de motorizados, cargando con lo que pueden. Haga eso y se reconciliara con el país maravilloso que tenemos.
Sea testigo de eso y luego ver, como ello contrasta con el desconcierto de muchas autoridades que no aparecían o no sabían que hacer, es un golpe duro. Escuchar a los máximos representantes de la administración, pidiendo paciencia, a las víctimas, porque “ya los rescatistas de Republica Dominicana van a llegar”, es un trauma descomunal. Si, de Republica Dominicana, un país 10 veces mas pequeño y con 10 veces menos recursos, que venían a ayudar porque nuestros cuerpos de rescate, están desmantelados y alumbrándose con el celular entre los escombros.
Afortunadamente, bajo la presión de las nuevas circunstancias, esta vez no hubo un Chavez que devolvió la ayuda estadounidense, porque, en medio de su delirio, no quería asistencia imperialista.
Nuestra tragedia dentro de la tragedia, como las Matrioshkas, esas muñequitas rusas que se contienen unas a otras. Nos ha servido, una vez mas para comparar y para sacar conclusiones.
Como en 1812, el terrible sismo que destruyó a Caracas, a pocos años de ser declarada la independencia, este evento ha puesto a todo el mundo en su lugar. Ha puesto a los ciudadanos a observar las conductas. Ha puesto, frente a frente, al país que ha querido ser desvastado, desvalijado y destruido, frente al que se niega a ser derrotado; al que reacciona con hidalguía; al que, como Marisela, nos quiere rescatar de la barbarie.
Hay razones para ser optimistas. Hay razones para creer en el buen corazón de los que vienen detrás y para creer que Venezuela será grande de nuevo.
Nuestro país, tiene miles de niños y jóvenes, como Romina, nuestra nieta, a quien ayer pregunte, mientras apagábamos la velita de sus doce años: “¿Mi amor, quieres de te compre de regalo, barajitas del Mundial?” Y me respondió: “No Abu, compra, con eso, algo para la gente de La Guaira”
Hay razones para creer que vamos a salir de esto, que vamos a reconstruir a Venezuela.
