En una de sus últimas declaraciones públicas, Pompeyo Márquez —el Santos Yorme que sabía, y mucho, de resistencia, resiliencia y trabajo clandestino— afirmó que la salida de la crisis venezolana sería inédita.
El tiempo parece estar dándole la razón.
Lo que hoy ocurre en el país recuerda a otros procesos de transición: ese cabalgamiento incómodo entre dos realidades, la que no termina de morir y la que aún no logra nacer.
Pero también es cierto que las particularidades del momento venezolano, así como sus desafíos, no tienen precedente. Su análisis exige salirse del molde, pensar fuera de la caja y asumir otra mirada.
La transición está en marcha.
La polémica captura de Maduro por parte de Estados Unidos marcó el punto de inflexión, pero el fenómeno venía gestándose desde antes en el imaginario popular: primero con la realización de las primarias y la abrumadora victoria de Machado, y luego, con mayor contundencia, con la aplastante elección de Edmundo González el 28J de 2024.
Ambos hechos confirmaron, con datos duros, lo que la gente venía percibiendo desde hacía tiempo.
¿En qué se parece esta transición a otras que hemos conocido?
En sus rasgos esenciales: la permanencia de figuras e instituciones del viejo régimen dentro del nuevo. Ortega al frente del ejército durante el gobierno de Chamorro; Suárez, secretario general del movimiento falangista, convertido en primer presidente de la democracia española; Pinochet manteniéndose al mando de las fuerzas armadas chilenas y senador vitalicio; Mandela y De Klerk y su fórmula para acabar con el apartheid; o el Pacto del Club Naval que permitió la transición en Uruguay y la posterior elección de Julio Sanguinetti como presidente; o la caída de Strossner que inició un proceso de transición lento y complejo en Paraguay encabezado por el general Andrés Rodríguez, miembro del régimen; o Wolfgang Larrazábal, el oficial de mayor antigüedad, presidente de la Junta de Gobierno tras la caída de Pérez Jiménez.
Pero quizá lo más llamativo del caso venezolano es que la transición ocurre bajo una suerte de ocupación light originada por la intransigencia y la ambición de poder del autócrata Maduro. No es Japón bajo MacArthur: Trump no es MacArthur y Delcy no es Hirohito. Sin embargo, así como el general norteamericano redactó la Constitución japonesa de la reconstrucción, hoy Estados Unidos impulsa los nuevos proyectos de ley y acciones destinados a reactivar nuestro país. Obviamente, gratis no será. Todo dentro de la agenda que Rubio ha fijado para Venezuela: primero estabilización, luego recuperación y finalmente una transición democrática que puede y debe ser pronto.
Esa agenda, sin embargo, no es un cronograma. No hay fechas ni señales claras que indiquen cuándo se completará cada etapa del camino hacia una democracia total.
Eso coloca una responsabilidad ineludible sobre los hombros de los venezolanos, sus partidos y su liderazgo: convertir esas fases – que se pueden solapar – en objetivos concretos de la sociedad.
Y no partimos de cero.
La oposición cuenta con un liderazgo legitimado por procesos verificables, respaldado por cifras de apoyo social contrastables. Ese liderazgo, conducido por María Corina Machado y expresado electoralmente en Edmundo González, constituye un activo político de primer orden.
Aquella victoria también demostró algo más: la capacidad de la oposición para ponerse de acuerdo por encima de diferencias y sensibilidades. La Plataforma Unitaria Democrática y la Comisión de Primarias lo probaron con creces. Allí convivieron partidos distintos, liderazgos diversos y, pese a todas las limitaciones impuestas por la represión, se logró no solo una candidatura común y victoriosa, sino también una plataforma que aún existe y que necesita ser repotenciada.
La libertad de los presos políticos y el regreso de los exiliados marcarán el verdadero inicio de esta nueva etapa. Ya se está discutiendo un proyecto de ley de amnistía general. Comienza a verse una movilización tímida pero valiente de quienes hicieron posible el hito electoral.
Esta tarea no está en la agenda de Trump ni de Delcy. No les corresponde. Es tarea de los venezolanos.
Y aunque es necesario respaldar el proceso iniciado – que seguramente traerá algo de alivio a la vida cotidiana -, el compromiso mayor es reconstruir el gran frente nacional que hizo posible la victoria electoral.
Una gran pancarta bajo la cual se alineen el liderazgo opositor, quienes regresen del exilio y quienes salgan de las cárceles será la señal definitiva de que entramos en la fase final de este proceso: la transición democrática.
Necesitamos creatividad y perseverancia dentro de la urgencia. Como dijo Simón Bolívar en Angostura, en 1819: “con modo, todo se puede”.
